7.1.13

Yolanda

Yolanda de Pablo Milanés

Por Wendy Guerra




“Cuando te vi sabía que era cierto Este temor de hallarme descubierto Tú me desnudas con siete razones Me abres el pecho siempre que me colmas De amores De amores Eternamente de amores”.

En mi país la vida privada de las celebridades es un misterio, la vida del presidente y de sus hijos no se narra en los medios.
Muy pocas personas conocen con quién o quiénes han estado casados los artistas, no se editan revistas del corazón y no existe la figura de una primera dama.
Para algunos es una suerte; para otros, un interrogante.
Yolanda Benet, inspiración y musa de la canción Yolanda, compuesta por Pablo Milanés, no desea transportar sus experiencias personales a los medios. Ha sido un verdadero milagro entrevistarla, fotografiarla, seguirla por las calles de Miramar.
Cubana, dulce, carismática, aguda y, sobre todo, cienfueguera hasta la médula. Yolanda viene de una ciudad a la que llaman La Perla del Sur, villa fundada por los franceses. Las mujeres que allí nacen son graciosas, refinadas, nadadoras y con una noción abierta y visionaria del mundo, porque el puerto, la costa verde azul, lleva y trae la certeza de que el horizonte es transitable y todo depende de tus ideas para atravesar la transparencia del agua. 
En esta ciudad la arquitectura recuerda el trazado urbanístico europeo, pero la Orquesta Aragón y sus violines, sus atardeceres fascinantes, la mezcla de esos franceses con negros y españoles hacen el divino tránsito histórico criollo que hoy somos las cienfuegueras. Barcos camaroneros bajo la Luna cienfueguera, el empecinado afán de resistencia y de limpieza en sus habitantes, todo eso hace únicos a quienes allí tienen la suerte de nacer.
Yolanda vino con sus padres a La Habana siendo una adolescente. Extrañaba su mundo, sus amigos de allí. Poco a poco se fue acostumbrando a la capital y se hizo una profesional en el mundo de la imagen. Trabajó durante 25 años en Cuba como productora y asistente de dirección de cine y televisión. 
Muchas películas cubanas de los sesenta y setenta salieron de sus manos. Entre ellas, Soy Cuba, rodada en blanco y negro. Muchas de esas películas tienen la banda sonora de Pablo Milanés, en ese entonces no tan conocido como hoy. Yolanda decidió retirarse porque era el momento de ayudar a sus hijas, que pasaban tiempo viviendo entre La Habana y Madrid.
“Romántica, sin reparar en formas tales”.
Yolanda es una mujer luminosa, con grandes ojos color miel y largas pestañas. No tiene edad, la ha perdido en el camino. Su cuerpo es el de una adolescente, delgada pero con curvas, sus manos pequeñas con dedos que hablan formulando imágenes que salen de su memoria. El pelo cae ligero como llovizna sobre el cuello. Cuando caminamos por la calle todos la miran, y eso que aquí nadie puede reconocer que ella es Yolanda.
Le tocaron los años duros, los tiempos de la censura y la diáspora, y sin posar, levitaba bajo la luz de lo cotidiano. Allí, firme en sus corazonadas, fue dibujada a mano, eternizada entre los años setenta y el mar. 
¿Quiénes son sus testigos? Tres hijas, un apartamento en El Vedado, visitas, ceniceros, guitaras, ron, problemas y risas, los trovadores, los cineastas, la vida colectiva.
De esa vida nació una gran canción de amor, un himno, el testimonio de una época, cuyo original, según apunta Pablo, fue escrito en papel cartucho. En este caldo de cultivo nacimos nosotros, saga de esas canciones y de esas mujeres que nos recuerdan lo que somos, por si se nos olvida de momento.
Es imposible contar la historia de nuestros padres, separados o dispersos, unidos en la tierra o en la infinitud, sin cantar esta canción. Es imposible no tragar en seco frente a nuestras fotos de familia, intentar recomponer la idea de eternidad sin rumiar: “Quisiera fuera una declaración de amor”. 
“Yo fui esa muchacha de la que él se enamoró y podía haber sido otra, no creo que tenga ningún mérito personal, el talento, por supuesto, es de él”.
Esto dice siempre Yolanda Benet al hablar de su canción y de su eterno e indestructible nexo con Pablo Milanés. 
Yolanda y Pablo se casaron una tarde calurosa en La Habana Vieja en un bufete de la calle Tejadillo, con testigos prêt à porter, como lo hicieron muchos de su generación. Ellos no necesitaban acicalarse ni firmar “Diez papeles grises para amar”: necesitaban estar en paz y armonía con su familia, y así ha sido hasta el día de hoy.
Su matrimonio duró seis años, y su familia es la misma desde entonces. Ni el divorcio, ni los nuevos amores, “ni el tiempo el implacable…” borró este nexo indestructible que hay entre ellos.
Les tengo una mala noticia: Yolanda es mucho más que una musa, y ese detalle se le ha escapado a periodistas y fotógrafos. Entre otras cosas por la manipulación y los malentendidos: Yolanda no vive atrapada entre las cuerdas de una canción. Yolanda es mucho más y Pablo siempre lo supo. Es su eternidad el gran tesoro que lo ampara. 
Yolanda Benet, nieta de franceses, se reinventa como su infinito país. Es una mujer que salta el mito y se impone. Según me ha contado, la primera canción que escuchó de Pablo era muy popular, Estás lejos, y la cantaba cuando formaba parte del cuarteto Los Bucaneros, a principios de los sesenta. Yolanda lo conoció en noviembre de 1968, cuando ella trabajaba en el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (Icaic), y escuchando Para vivir se percató de que este compositor, de solo 23 años, no se le parecía a nada de lo que sonaba aquí en aquella época, tenía algo diferente. Primero conoció su voz, luego apareció él.
Eran tiempos en los que era posible ver a los grandes trovadores en los parques, en los teatros o en las salas de las casas; no eran inaccesibles. La vida fluía de otra manera, más lírica y humana, diría yo.
Se encontraron gracias a un amigo que atesoraba una cinta con todas las canciones que él cantaba por aquellos días y ella no se cansaba de escucharlas. Se enamoró de la voz y de las canciones, pero a Pablo nunca lo había visto. Hasta que un buen día ese amigo lo llevó hasta la sala de su casa.?
“Cuando te vi sabía que era cierto
Este temor de hallarme descubierto
Tú me desnudas con siete razones
Me abres el pecho siempre que me colmas
De amores
De amores
Eternamente de amores”.
Yolanda recuerda este día como si fuera hoy. Fue el momento en que iniciaron la primera reunión de trabajo para producir la película La primera carga al machete. Casualmente, llevaron a Pablo a su casa, y como ya se había comentado la idea de que él podía hacer la música de este nuevo filme se pasaron la noche conversando. Ella confiesa que Pablo creía imposible ser parte del equipo de la película, porque él estaba pasando el servicio militar y no pensaba que se le permitiría integrarse a este otro mundo, el del cine.
Yolanda hizo algunas gestiones y así fue como él empezó a trabajar con ellos. Milanés compuso cuatro canciones que narraban la trama, argumento histórico basado en la guerra del 95. Al calor de esta producción intimaron y se conocieron más y más, trabajando juntos. 
Entonces Pablo era un muchachito con uniforme, un recluta, un hombre común, pero a Yolanda le llegó hondo. 
Cuando pregunto a Yolanda sobre la rebeldía de Pablo y su repercusión en aquel momento, ella contesta: “Sí, comprendo que él pasó una etapa muy mala, fue muy golpeado, él era y es muy rebelde. La vida le ha regalado cosas muy bonitas: sus hijos, su carrera. Tuvo momentos en que lo aplastaba el dolor, necesitaba esa tristeza para componer, eso lo motivaba. Es curioso, pero durante nuestro matrimonio tuve la satisfacción de que no hubo una sola canción de tristeza. Teníamos un mundo muy especial”.
En 1969 empezó el Grupo del Icaic, él se integró y comenzó a estudiar música. Hablamos de un cantautor que nunca había hecho un arreglo musical ni sabía escribir su propia música. Ahí se desarrolla y crece. Antes escribía los textos y la melodía, iba colocando sobre el texto las notas musicales. Todos ellos son una generación iluminada. Pablo ya conocía a Silvio Rodríguez desde 1967, los presentó Omara Portuondo, y tenían por costumbre que cada vez que uno hacía una canción se la mostraba al otro. Fue una suerte el hecho de que se encontraran en ese momento. Allí convergieron muchas inquietudes musicales y aprendieron en el proceso mismo, ayudándose. Era un laboratorio, allí Yolanda pasó varias de sus noches. Era parte de su cotidianidad.
Ella recuerda que el primer arreglo que hizo el grupo fue justamente de una canción de Pablo y que llegaron a los Estudios Egrem a ver cómo sonaba “aquello”, porque cada uno había escrito algo: uno la guitarra, otro la batería. Para ella fue un momento único y emocionante; luego, muchos directores los llamaban para documentales, noticieros y largometrajes. 
Lo primero que hizo fue un largometraje de Rogelio París, La nueva escuela, y después, Quién (15 preguntas sobre un maestro), que tenía música de Pablo y de Silvio Rodríguez, y fue maravilloso. Después comenzaron sus conciertos. La música era novedosa, experimental, pero a la vez muy cubana. “Si cierro los ojos y pienso en aquel momento, entonces los recuerdo a todos juntos: Pablo, Silvio, Noel Nicola, Belinda Romeu, también Omara; se hacía un gran concierto y ellos participaban por la parte cubana. Fue aquella etapa en la que algunos cantantes latinoamericanos se integraron a ellos: Daniel Viglietti, Mercedes Sosa, Víctor Jara, Isabel Parra... ah, y también Peter Seeger”.
Poco a poco Pablo era más y más querido. Su presencia se hizo frecuente en un programa de televisión de la época llamado Te doy una canción.
En mi opinión “Silvio y Pablo”, “Pablo y Silvio” son una misma palabra, un concepto inseparable. Estamos en 1970, momento en que Pablo comienza a musicalizar la obra poética de José Martí. Con esas canciones la Casa de las Américas saca un disco memorable.
Yolanda cuenta que Pablo escribió muchísimas canciones durante su matrimonio. Un día le cantó “yo no te pido que me bajes una estrella azul…” y ella le dijo: “Qué linda esa canción de Silvio”, y él le contestó: “No, Yolanda, es mía y para ti”. Fue la primera de todas las grandes canciones que Pablo le compuso.
Yolanda es un cascabel, aguda y humilde, reservada y coherente, revoluciona todo a su paso. Pablo, melancólico, callado, con sus espejuelos de pasta cuadrados y su paso calmado, tranquilo. Cuando ella lo conoció le cantaba cosas muy tristes, arrastraba un poco de toda esa tristeza personal a sus grandes canciones: muchas de ellas trataban de rompimientos, de amores distanciados, y de repente surge Yo no te pido. Fue un salto a su alegría, una señal de que algo le había cambiado por dentro. Era una canción diferente a las que él estaba acostumbrado a componer. “Era un cambio de su energía. Su obra anterior tenía nostalgia, gorrión, yo vi en esa canción un cambio para bien”. Pablo siempre le decía que necesitaba estar triste para poder crear. Con 25 años él estaba instalado en su tristeza, derramándolo todo en su guitarra. Pero ese candor de Yolanda es el que cambia ciertos matices de su obra de ahí en adelante.
La canción Yolanda es luminosa, un canto a la eternidad, un desgarramiento. “¿Yolanda?, bueno, Yolanda es toda magia. Ella se me aparece, es un espíritu delicado, y me acompaña. No te puedes imaginar a qué lugares del mundo llega, los recónditos sitios en que yo he estado y me he encontrado con esa canción”. 
Ella viaja lejos, contigo y conmigo, ella se parece a ti y tú a ella. Es lo que yo siento cuando estoy fuera y la escucho. Yo la escucho donde me encuentre y te veo a ti, Cuba-Yolanda. No la puedo separar de ti y de mi madre y de una generación que nos ha dado lo que somos.
Cuentan que a veces, cuando Yolanda está sola en un aeropuerto o en una calle de una ciudad desconocida y por casualidad escucha Yolanda, se estremece y calladita sigue de largo, sin identificarse. 
Pablo la compuso cuando su primera hija tenía diez días de nacida. Él estaba enloquecido por tener un hijo y nace Lynn, la primera de las tres hijas que tienen en común. 
“Cuando la niña tenía un poco más de una semana de nacida Pablo viaja para hacer un trabajo del Icaic. Fue terrible desprenderse de la casa; se fue al interior del país y cuando regresó nosotras estábamos en la casa de mi madre. La niña estaba majadera, lloraba, no se quería dormir; yo lo intentaba pero era una lucha. Llegó Noel Nicola y Pablo cogió la guitarra y me cantó No me pidas, Quiero poner la tierra a tus pies y Yolanda”.
En ese minuto ella no lo escuchó con atención, estaba atendiendo a la niña, no se percató de la cara de frustración que puso Pablo. Con calma, ya por la noche, muy tarde cuando todo el mundo se había dormido y estaban solos, mientras ella le daba el pecho a la niña, le pidió a Pablo que le cantara las nuevas canciones otra vez. Y por primera vez escuchó Yolanda.
Para una mujer recién parida, lactando, el hecho de que se apareciera Pablo con una canción como esa la paralizó. Pero sobre todo porque él supo unir muchos códigos y símbolos que tenían en común, y todo aquello lo trasmitió a través de una canción aparentemente tan sencilla.
Desentrañemos un poco este juego semiótico-amoroso. “Rezando el credo que me has enseñado”, lo que cita de “La ventana”. “Eso era, es, y será, algo nuestro… aquí quedó por siempre”.
Trabajaban en el Icaic, pero con horarios diferentes. Vivían en el mismo barrio del trabajo: El Vedado, en un piso 15. Existía una ventana, un espacio secreto y, a la vez, expuesto, que a lo lejos los comunicaba con nitidez. “Aquí la luz es maravillosa y nos podíamos ‘hablar’ a través de los movimientos que hacíamos de un lado a otro de la calle y formábamos frases de amor. Contábamos las horas. Él y yo teníamos un sentido casi exacto de nuestra vida cotidiana y cuando yo venía de regreso a casa ya él me estaba mirando, me seguía de cierta manera, con un ritual muy especial, entonces empezaba a hacer señales con la ventana. Eso nadie lo entiende, pero cuando lo escucho no deja de asombrarme el modo, la capacidad de síntesis que él encontró para decir todo aquello dentro de un verso”.
“Si alguna vez me siento derrotado
Renuncio a ver el sol cada mañana
Rezando el credo que me has enseñado
Miro tu cara y digo en la ventana
Yolanda
Yolanda”.
El imaginario popular cuenta disímiles versiones sobre los códigos de este memorable texto. El pueblo fantasea y dice que el verso “Tú me desnudas con siete razones” se refiere a los siete días de la semana. ¿Es así? “Yo podía confiarte más y más cosas, pero siempre le he huido a esto, no quiero que se pierda el misterio”. 
Algo curioso es que ni él ni ella mencionaron la posibilidad de grabarla alguna vez, era íntimo, un secreto de ambos. La canción empezó a trascender en el Icaic, la estrenó Pastor Vega en un documental y Pablo empezó a cantarla en los conciertos. En los primeros años no tuvo esa repercusión que tiene hoy. Ha sido cantada en todas partes del mundo durante casi cuarenta años, por muchos cantantes, uniendo tantas voces, brasileñas, iberoamericanas y hasta intérpretes que la han adaptado a otras lenguas. Tiene más de cien versiones reconocidas, sin contar los bares, las calles, los metros donde todos la hemos escuchado. El memorable dueto con Silvio y las miles de voces en las plazas, las guitarras en el Malecón, y las personas tarareándola en las calles la señalan como canónica en la música popular contemporánea. 
“Él me cuenta siempre que ha tratado de quitarla del repertorio, tiene cosas nuevas, canciones que bien pueden estar en su lugar, pero no ha podido nunca, porque la gente no lo deja”.  Yolanda y Yolanda armonizan en un espacio tanto personal como universal, el tema pertenece al gusto estético que ella adoraba y que siempre admiró en Pablo. Antes y después de estar juntos ella soñaba con este tipo de obras que te saquean el alma y que a la vez te devuelven a la vida con optimismo. Lo curioso es que Pablo demoró en hacer esta canción entre 20 minutos y una hora, parece muy simple, pero en el arte las cosas aparentemente simples toman una dimensión insospechada. 
“Se fue de todo pronóstico, no creo que él haya pensado que esa obra iba a trascender tanto y a mantener su vigencia a pesar de los años que tiene, a pesar de lo que hemos vivido los dos después. Porque sí hicimos nuestras vidas posteriores y hemos sido felices cada quien en su historia”. 
Yolanda me comenta que “Pablo es el padre que siempre quise tener para mis hijas e incluso, si fuera más allá, para mí. Desde que lo vi por primera vez, en su acercamiento con los niños, su ternura, me gustó. No creo haberme equivocado”. 
Tienen en común tres hermosas hijas: Lynn, Liam y Suylén, y siete nietos. Las tres estudiaron música. Lynn es flautista y además cantante profesional. “Una decoradora nata, transforma muy bien los espacios, en eso se parece mucho a mí”. 
“Suylén canta cuando la vida la inspira”. Ahora mismo está en los estudios PM Records grabando su último disco, pero es tan intensa que puede llevar una empresa de música y producir un festival de la talla de Proposiciones. 
Liam es graduada de Dirección Coral y ha preferido, por su timidez, la vida empresarial en el mundo de la música. “Pero canta de vez en cuando pues tiene una muy linda voz”. Y los nietos siempre juntos, porque fundaron una familia muy unida, contando también los otros hijos de Pablo. 
Pablo y Yolanda han encontrado un hermoso equilibrio, el de estar juntos siempre que pueden para disfrutar de la familia que han creado, en las buenas y en las malas, sin perder un detalle ni descuidar el carácter y la personalidad de cada uno de los seres que aman. Pregunto cómo logró rehacer su vida más allá del mito, y me contesta: “Siendo eternamente yo”.

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